Laura Hernández es doctora en educación por la Universidad Complutense Madrid. Actualmente trabaja como orientadora especializada en atención a la diversidad, educación infantil y neuropsicología. Es directora del curso El reto de la atención a la diversidad organizado desde la Fundación SM e INTEA a través de la Universidad Pontificia de Salamanca. 
 

 
Ser competente para ajustar la respuesta educativa a la diversidad de los alumnos es posiblemente el reto principal al que se enfrentan los docentes en su aula. El objetivo es que todos los alumnos aprendan a conocer, a convivir y a ser, desarrollando al máximo sus posibilidades en contextos educativos y sociales inclusivos.
 
Es preciso ser conscientes de que el éxito de la inclusión y de la atención a la diversidad depende en gran medida de su grupo de iguales.  
Los factores que influyen en el logro de estas competencias y de estos objetivos son muy variados. Unos tienen que ver con la formación del docente y sobre sus creencias y actitudes; otros están relacionados con las condiciones de la enseñanza: número de alumnos en el aula, recursos disponibles, proyecto educativo del centro, amplitud de la diversidad de los alumnos a los que hay que enseñar y demandas educativas específicas, exigencia curricular y presiones de la evaluación externa; y otros finalmente apuntan a la dinámica de la sociedad, a la participación de las familias y a sus actitudes.
 
En todos estos factores hay una dimensión que podríamos denominar trasversal: las creencias y las actitudes, pues están presentes en la sociedad y en los grupos humanos, en las familias, en los profesores y en los propios alumnos, existiendo una continua interacción entre todos estos niveles. Las actitudes y las creencias de los profesores sobre los problemas de aprendizaje y de conducta de los alumnos se traducen en una forma determinada de enseñar y de evaluar, pero no son ajenas a los modelos y exigencias que la sociedad plantea al sistema educativo y a los propios profesores. Así mismo, las actitudes y opiniones de las familias serán claves para facilitar o dificultar la inclusión. Ahora me propongo destacar el papel que cumplen los compañeros, cuyas actitudes y conductas están relacionadas, como no podía ser de otra manera, con aquellas que desarrollan sus profesores y sus familias.
 
Son los iguales quienes más directamente posibilitan el acceso del niño a actividades sociales que permiten y favorecen la inclusión social.
Es preciso ser conscientes de que el éxito de la inclusión y de la atención a la diversidad depende en gran medida de su grupo de iguales. Las actitudes negativas de los compañeros, o más bien en muchas ocasiones la ausencia de actitudes positivas y de comportamientos proactivos, pueden ser un escollo tan importante como las barreras físicas, lo que limita que algunos alumnos con especiales dificultades puedan participar plenamente en las escuelas y en las comunidades.
 
Son los iguales quienes más directamente posibilitan el acceso del niño a actividades sociales (jugar, compartir, interactuar) que permiten y favorecen la inclusión social. La interacción positiva -que implica conductas de cooperación, aceptación, acercamiento, colaboración- con los iguales constituye un componente decisivo en el aprendizaje de conductas sociales y, por tanto, en el desarrollo personal y social.
 
Una de las tareas de los docentes es favorecer el cambio de actitudes de los alumnos hacia el reconocimiento y la valoración de la diversidad, lo que a su vez implica que ellos mismos manifiesten una actitud positiva. Para ello, es necesario facilitar información a los alumnos, romper estereotipos y animar a compartir experiencias, actividades y relaciones con los compañeros con dificultades. El objetivo no es solo valorar el respeto teórico de la diversidad, es decir, quedarse en la dimensión cognitiva de la actitud, sino llegar también a las dimensiones emocionales y conductuales, lo que es más difícil y exigente. No es suficiente con que nuestros alumnos comprendan qué es la diversidad, sino que es preciso que actúen en consecuencia en la vida diaria.
 

Las diez pistas que sugerimos para favorecer esta dinámica son las siguientes:

 

1. Aportar información variada acerca de cuestiones relacionadas con la diversidad: conocer experiencias bibliográficas de famosos o personas célebres con alguna dificultad, visualizar un documental o película sobre estos temas y comentarlo en clase.

2. Favorecer el entrenamiento en habilidades interpersonales que proporcione destrezas para actuar e interrelacionarse de forma efectiva con todos compañeros.

3. Organizar equipos de trabajo cooperativo para el desarrollo de diferentes actividades en el aula, agrupando alumnos heterogéneos de diferente nivel de competencia curricular, favoreciendo el contacto y las relaciones sociales entre todos y entrenando las actitudes de compañerismo, empatía y ayuda.

4. Si bien el desarrollo de habilidades sociales es muy importante para todos los alumnos, es necesario estar muy atentos a aquellos alumnos que presentan más dificultades. En algunas ocasiones será preciso poner en marcha programas específicos de habilidades sociales para enseñar a algunos alumnos cómo desarrollar estrategias positivas para facilitar la interacción con el grupo de iguales.

5. Favorecer que todos los alumnos tengan la oportunidad de mantener relaciones de amistad pues no es lo mismo establecer interacciones positivas entre iguales que tener amigos. Los amigos son uno de los factores protectores más importante, pues favorecen la confianza, la seguridad y la intimidad, lo que a su vez permite construir una autoestima positiva. 

6. Realizar actividades de simulación o role-playing sobre diferentes situaciones a través de las que los alumnos, mediante la observación, puedan modificar y realizar un cambio positivo de actitudes. 

7. Desarrollar programas de tutoría en los que se analice los actitudes individuales y grupales hacia los compañeros y en las que se reflexionen diferentes propuestas de mejora por parte de todo el grupo. 

8. Organizar experiencias (salidas, juegos, excursiones, etc.) en las que todos los alumnos trabajen o interaccionen juntos.

9. Sensibilizar a las familias con el fin de que promuevan estas actitudes de acogida a todos los compañeros fuera del centro educativo (fiestas de cumpleaños, tiempos de ocio, juegos en el parque, deportes etc.).

10. Asegurar el desarrollo de actividades vinculadas al teatro, la música, el canto y el deporte ya que son excelentes estrategias para lograr la participación de todos los alumnos en una actividad común en la que se visualicen las capacidades de los alumnos con más dificultades de aprendizaje.

 
Estas sugerencias, que se leen fácilmente, suelen ser muy complicadas de llevar a la práctica en el aula, pues los alumnos sin dificultades suelen sentirse más cómodos en su trabajo y en sus relaciones sociales con aquellos que no tienen problemas. La incorporación de alumnos con dificultades en la dinámica de grupos de trabajo, sobre todo si deben conseguir determinados objetivos, puede conducir a que no se les tenga en cuenta para que no entorpezcan la dinámica del grupo. Lo mismo puede suceder en las actividades sociales, sobre todo a partir de la adolescencia. Por ello, es necesario avanzar con prudencia y combinar diferentes estrategias más sencillas –información, entrenamientos en habilidades sociales, actividades fuera de la escuela, teatro, música, por ejemplo- que preparen el terreno para la organización de grupos cooperativos de aprendizaje o de relaciones sociales basadas en la valoración mutua y en la amistad.

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